Cuando la inteligencia artificial comenzó a devorar bibliotecas
“Compraron millones de libros. Les arrancaron el lomo, separaron cada página, las escanearon y luego reciclaron el papel. No buscaban venderlos. Buscaban alimentar una inteligencia artificial.”
Leyendo noticias de IA, encontré una que había escuchado hace tiempo pero no le presté la atención que merece; si no estuviera respaldada por documentos judiciales, parecería sacada de una novela de ciencia ficción. Pero es real y ya ocurrió.
Project Panamá: El dilema ético del entrenamiento de modelos de IA con libros físicos.Documentos judiciales desclasificados en el caso Bartz v. Anthropic lo confirmaron: una empresa de inteligencia artificial compró cientos de miles de libros físicos. No para venderlos, ni para crear una biblioteca, sino para cortarlos, separar sus páginas, escanearlas con equipos industriales y luego reciclar el papel. El objetivo no era conservar los libros sino alimentar una inteligencia artificial. El proyecto interno recibió el nombre de Project Panamá.
Cuando leí la investigación del Washington Post, mi primera reacción no fue preguntarme si era legal o ilegal, sino: ¿Era necesario destruirlos? ¿Qué significa que una máquina necesite destruir millones de libros para aprender?
Lo que realmente me hizo pensar
Hay dos temas en esto. Por un lado, el uso de bibliotecas piratas en línea, que terminó en acuerdos multimillonarios por apropiación indebida de propiedad intelectual. Por otro, la compra legal de millones de libros físicos que luego fueron guillotinados para ser pasados por escáneres de alta velocidad.
Los tribunales determinaron que esto último era legal bajo el concepto de uso transformativo. Pero que algo sea legal no significa que sea éticamente correcto.
La innovación necesitaba digitalizar los libros. No necesitaba destruirlos. Esa es la distinción que el debate público veo que se salta mucho, y es para mí en este momento la más importante.
“No fue innovación contra patrimonio. Fue ahorro contra patrimonio.”
Existe el escaneo no destructivo, el que usan bibliotecas y archivos para digitalizar sin dañar el original, pasando cada página con cuidado. Y existe el escaneo destructivo: cortar el lomo con cuchillas hidráulicas y pasar las hojas sueltas por escáneres de alta velocidad. El segundo método es radicalmente más rápido y más barato. El primero preserva el objeto; el segundo lo convierte en residuo reciclable.
La empresa en cuestión eligió el segundo. No porque la tecnología lo exigiera, sino porque a la escala de millones de libros, guardar cada ejemplar físico, el almacenamiento, la logística y el espacio salían más caros que destruirlo después de copiarlo.
No todos los libros son iguales
Aquí conviene una distinción que el propio caso judicial obliga a hacer, porque no es lo mismo destruir cualquier libro que destruir un libro irremplazable.
Un juez federal determinó que escanear y destruir libros legalmente comprados podía considerarse uso legítimo (fair use), porque el proceso transforma el objeto original en un tipo de obra distinta. Es un caso separado y mucho más grave el de los más de siete millones de libros obtenidos por piratería, que terminó en un acuerdo de $1.500$ millones de dólares sin admisión de culpa.
Pero incluso dentro de los libros comprados legalmente, la pregunta ética no es la misma para todos. Si un título tiene miles de copias repartidas en bibliotecas de medio mundo, destruir un ejemplar no borra el conocimiento de la faz de la Tierra: sigue existiendo en otro lado. La pérdida es simbólica, no informacional.
Pero la empresa “en cuestión” priorizó específicamente libros "poco comunes", títulos de referencia y especializados difíciles de conseguir. Y libreros consultados por el Washington Post reportaron ver pasar por ese proceso ediciones raras y agotadas, de las que sobreviven pocos ejemplares en el mundo. Ahí la ecuación cambia por completo.
Cuando quedan pocas copias, cada una que se destruye se acerca peligrosamente a ser irremplazable, no por su contenido informativo —que ya quedó capturado en el escaneo—, sino por todo lo que un objeto físico único conserva y una copia digital no: su historia de propietarios, sus anotaciones al margen, la evidencia material de una época. Es la diferencia entre reciclar tu copia personal de un libro que se reimprime cada año, y destruir uno de los últimos ejemplares que quedan de una edición agotada.
Una pregunta que vale la pena hacerse
Pensemos en un ejercicio simple: si alguien propusiera crear un gemelo digital perfecto de las pirámides de Guiza y luego demolerlas porque ya tenemos el escaneo, ¿para qué conservar el objeto? La respuesta instintiva de casi cualquier persona sería no. Y no solo porque la pirámide sea única. También porque valoramos que el objeto físico siga existiendo por razones que van más allá de la información que contiene: su materialidad, su historia, la posibilidad de que futuras generaciones lo estudien con herramientas que hoy no existen.
Los libros no son pirámides. La mayoría no son irremplazables. Pero una parte de ellos sí se acerca más a esa categoría de lo que la industria tecnológica quiere admitir, y esa es, precisamente, la parte que terminó en la trituradora.
Una reflexión final
No creo que este caso deba leerse únicamente como una polémica de derechos de autor, ni tampoco como una condena genérica a la inteligencia artificial, ya que es algo inevitable, necesario y que a mí particularmente me apasiona, pero no por eso dejo de pensar en las consecuencias.
Nos hemos acostumbrado a aceptar la eficiencia operativa como si fuera una ley de la naturaleza. A asumir que si algo es más rápido y más barato, es automáticamente el camino correcto.
La inteligencia artificial no solo está transformando la manera en que trabajamos. Nos está obligando a redefinir qué valor le damos al objeto, a la memoria y al esfuerzo intelectual que generaciones enteras dejaron escrito página tras página.
La pregunta clave para el futuro no es cuánto conocimiento necesita una máquina para aprender, sino cuánto estamos dispuestos a sacrificar en nombre de la velocidad para enseñarle. Por primera vez en la historia, el conocimiento dejó de ser únicamente un legado para las futuras generaciones y comenzó a convertirse en el alimento de una nueva forma de inteligencia.
¿Tú dónde trazarías la línea?
¿Solo libros piratas, o también los comprados y destruidos legalmente?
Silvana De Milleri | LinkedIn